Por:
Luz Marina Alonso P.
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| Diseño Gráfico: Andrea Vargas (libertad y encadenamiento) |
Thomas Szasz
argumenta en la Introducción de su reconocida obra “Ideología y enfermedad
mental” que “Entre las muchas tonterías
que dijo Rousseau, una de las más tontas y famosas es esta: < El hombre nace
libre, y sin embargo, está encadenado por doquier>. Esta sentencia
presuntuosa impide percibir claramente la naturaleza de la libertad; porque si
la libertad es la capacidad para poder elegir sin imposiciones, el hombre nace
encadenado. Y el desafío que plantea la vida es la liberación”1
Según el autor
arriba citado, hoy, particularmente en el mundo occidental, casi todas las
dificultades y problemas de la vida se consideran afecciones psiquiátricas, y
casi todas las personas (salvo las que hacen el diagnóstico) están mentalmente
enfermas. La moderna ideología psiquiátrica es una adaptación, según Szasz de
la ideología tradicional de la teología cristiana. “En lugar de nacer pecador,
el hombre nace enfermo. En lugar de ser la vida un valle de lágrimas, es un
valle de enfermedades”.
Esta ideología que con la tecnificación
actual y el gran desarrollo de los medios de comunicación, se adentra en los
asuntos personales, sociales y políticos, es una característica prevaleciente
de la moderna era burocrática. Desde hace algunas décadas, tanto en Colombia
como en la mayoría de países occidentales, con altas tasas de criminalidad,
pobreza, consumo de sustancias psicoactivas, desigualdad socioeconómica,
discrimen de todo tipo y sobre todo de desesperanza existencial, se han venido
desarrollando campañas publicitarias sobre educación en salud mental, “tal vez
en un esfuerzo tendiente a atraer a personas desprevenidas para convertirlas en
clientes de los servicios de salud mental comunitaria”.
Es en este
punto, donde comienza la responsabilidad humana y social de los comunicadores y
de los medios de comunicación, debido a la gran influencia que ellos tienen
sobre los conglomerados humanos y sobre los individuos en particular. Se debe alejar a la enfermedad mental de la
crónica de sucesos noticiosos, rompiendo así el falso vínculo violencia-enfermedad mental, ya que una
conducta violenta no puede justificarse sólo a causa de una enfermedad mental.
A este respecto es frecuente oír o leer
noticias tales como: “ En un estado de locura NN asesinó a su compañera
consensual”. Debemos entender que las personas con enfermedad mental tienen la
misma probabilidad de cometer un acto delictivo que cualquier otra.
Igualmente el comunicador debe saber que
los enfermos mentales, con tratamiento psiquiátrico y un entorno social y
familiar adecuados, pueden vivir en la sociedad sin que esto suponga un riesgo
para nadie. No se debe prejuzgar ni relegar la causa de un acto violento o
delictivo a una enfermedad mental porque muy pocas veces se informan solo de una
sola causa “que probablemente explica” la conducta de este tipo.
No se debe omitir información relevante
para entender el hecho, por falta de tiempo o espacio, pues se puede dar una
visión sesgada que fomente y mantenga prejuicios, de hecho es importante la
preparación científica del comunicador al elaborar la noticia. Si trabajamos para la inclusión y no a los estereotipos
y prejuicios comunique con cuidado y no pierda el sentido de justicia al
comunicar.
No se debe
estigmatizar a las personas con enfermedad mental con el uso incorrecto de
palabras que las definen, ya que las personas, sanas o enfermas, son ante todo
personas. En muchos casos, la circunstancia de la enfermedad mental no es
relevante para la información, y entonces no hay necesidad de citarla. Si hay
que hacerlo, debe evitarse etiquetar con diagnósticos o palabras populares a
quienes padecen alguna enfermedad mental.
No es infrecuente ver en noticiarios de televisión desde la escena de un crimen que quien informa sobre el hecho identifica
al victimario como loco o esquizofrénico, sin tener los elementos de juicio
suficientes para poner tales etiquetas.
Debemos recordar
que el límite entre enfermedad y salud mental no es un límite claro ni bien
definido y los criterios para designar a una persona como sana o enferma van
variando según los distintos enfoques
teóricos a lo largo del tiempo. Hoy mismo, por ejemplo, hay un gran abismo en
la clasificación de los trastornos mentales, desde la gran aportación de
Kraepelin, el psiquiatra alemán del siglo 19 y el actual Manual Diagnóstico y
Estadístico de los Desórdenes Mentales (DSM 5) de la Asociación Psiquiátrica
Americana, publicado en 20132
Ese “abismo”
clasificatorio, diagnóstico y conceptual, es comprensible si entendemos que la
patología se construye en la interacción social y que el contexto socio
histórico es la tierra fértil en donde se originan y clasifican algunos
patrones conductuales como signos de enfermedad.
Es por todo lo
anterior que el comunicador social en cualquier campo pero especialmente en el
referente a la salud y enfermedad mental debe entender que : <la
comunicación no es solo un intercambio entre individuos, sino un proceso de
construcción del imaginario social y de la identidad colectiva, o lo que es lo mismo,
la creación del “conjunto de creencias compartidas por una sociedad que
implican una visión de sí misma como “nosotros”, es decir, una auto
representación de “nosotros mismos” como estos y no otros”3 .
Finalmente se
anota que el comunicador no debe tener una visión reduccionista de la salud
mental, que se centra casi exclusivamente en los factores biológicos
individuales. Cada conglomerado cultural tiene sus propias manifestaciones
tanto de la salud como de la enfermedad mental. La “locura” y sus
manifestaciones no son iguales en la costa que en el interior de Colombia.
Referencias
1. Thomas S. Szasz. Ideología y Enfermedad
mental (1970). Amorrourto
editores.
S.A, Icalma
2001 Buenos Aires.
2. Diagnostic and Statistical Manual
ofMental Disorders, Fifth Edition. Arlington
VA, American
Psychiatric Association, 2013.
3. Cabrera.D
(2010) Imaginario social, comunicación e identidad colectiva.
[http://www.escuelasistemica.com.ar/publicaciones/artículos/10/pdf]


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